—La Nota, indudablemente, es un sondeo. ¿Pero cómo opinas vos, respecto a la actitud del General? ¿Acordará el Gobierno satisfacer la indemnización?
—Nuestra América sigue siendo, desgraciadamente, una Colonia Europea... Pero el Gobierno de Santa Fe, en esta ocasión, posiblemente no se dejará coaccionar: Sabe que el ideario de los revolucionarios está en pugna con los monopolios de las Compañías. Tirano Banderas no morirá de cornada diplomática. Se unen para sostenerlo los egoísmos del criollaje, dueño de la tierra, y las finanzas extranjeras. El Gobierno, llegado el caso, podría negar las indemnizaciones, seguro de que los radicalismos revolucionarios, en ningún momento, merecerán el apoyo de las Cancillerías. Cierto que la emancipación del indio debemos enfocarla como un hecho fatal. No es cuerdo cerrar los ojos a esa realidad. Pero reconocer la fatalidad de un hecho, no apareja su inminencia. Fatal es la muerte, y toda nuestra vida se construye en un esfuerzo para alejarla. El Cuerpo Diplomático actúa razonablemente, defendiendo la existencia de los viejos organismos políticos que declinan. Nosotros somos las muletas de esos valetudinarios crónicos, valetudinarios como aquellos éticos antiguos, que no acababan de morirse.
La brisa ondulaba los estores y el azul telón de la marina se mostraba en un lejos de sombras profundas, encendido de opalinos faros y luces de masteleros.
II
Humeando los tabacos salieron a la terraza los Ministros del Ecuador y del Uruguay. El Ministro del Japón, Tu-Lag-Thi, al verlos, se incorporó en su mecedora de bambú, con un saludo falso y amable, de diplomacia oriental: Saboreaba el moka y tenía las gafas de oro abiertas sobre un periódico inglés. Se acercaron los Ministros Latino-Americanos. Zalemas, sonrisas, empaque farsero, cabezadas de rigodón, apretones de mano, cháchara francesa. El criado, mulato tilingo, atento a los movimientos de la diplomacia, arrastraba dos mecedoras. El Doctor Roncali, agitando los rizos, se lanzó en un arrebato oratorio, cantando la belleza de la noche, de la luna y del mar. Tu-Lag-Thi, Ministro del Japón, atendía con su oscura mueca premiosa, los labios como dos viras moradas recogidas sobre la albura de los dientes, los ojos oblicuos, recelosos, malignos. El Doctor Esparza insinuó, curioso de novelerías exóticas:
—¡En el Japón, las noches deben ser admirables!
—¡Oh!... ¡Ciertamente! ¡Y esta noche no está falta de cachet japonés!
Tu-Lag-Thi tenía la voz flaca, de pianillos desvencijados, y una movilidad rígida, de muñeco automático, un accionar esquinado, de resorte, una vida interior de alambre en espiral: Sonreía con su mueca amanerada y oscura:
—Queridos colegas, anteriormente no he podido solicitar la opinión de ustedes. ¿Qué importancia conceden ustedes a la Nota?
—¡Es un primer paso!...