El Doctor Esparza daba intención a sus palabras con una sonrisa ambigua, llena de reservas. Insistió el Ministro del Japón:
—Todos lo hemos entendido así. Indudablemente. Un primer paso. ¿Pero cuáles serán los pasos sucesivos? ¿No se romperá el acuerdo del Cuerpo Diplomático? ¿Adónde vamos? El Ministro inglés actúa bajo el imperativo de sus sentimientos humanitarios, pero este generoso impulso acaso se vea cohibido. Las Colonias Extranjeras, sin exclusión de ninguna, representan intereses poco simpatizantes con el ideario de la Revolución. La Colonia Española, tan numerosa, tan influyente, tan vinculada con el criollaje en sus actividades, en sus sentimientos, en su visión de los problemas sociales, es francamente hostil a la reforma agraria, contenida en el Plan de Zamalpoa. En estos momentos —son mis informes— proyecta un acto que sintetice y afirme sus afinidades con el Gobierno de la República. ¿No ocurrirá que se vea desasistido en su humanitaria actuación el Honorable Sir Scott?
Guiñaba los ojos con miopía inteligente y maliciosa el Doctor Carlos Esparza:
—Querido colega, convengamos en que las relaciones diplomáticas no pueden regirse por las claras normas del Evangelio.
Tu-Lag-Thi repuso con flébiles maullidos:
—El Japón supedita intereses de sus naturales, aquí radicados, a los principios del Derecho de Gentes. Pero en el camino de las confidencias, y aun de las indiscreciones, no he de ocultar mis pesimismos respecto al apoyo moral que presten algunos colegas a los laudables sentimientos del Ministro inglés. Como hombre de honor, no puedo dar crédito a las insinuaciones y malicias de ciertos rotativos, demasiado afectos al Gobierno de la República. ¡La West Company! ¡Aberrante!
La truculenta palabra final se desgarró, transformada en un chifle de eles y efes, entre la asiática y lipuda sonrisa de Tu-Lag-Thi. El Doctor Aníbal Roncali se acariciaba el bigote, y a flor de labio, con leve temblor, retocaba una frase sentimental. Se lanzó con aquel tic nervioso que agitaba eréctiles, como rabos de lagartijas, los rizos de su negra cabellera:
—El Doctor Banderas no puede ordenar el cierre de los expendios de bebidas. Si tal hiciese, sobrevendría un motín de la plebe. ¡Estas ferias son las bacanales del cholo y del roto!
III
Llegaban ecos de la verbena. Bailaban en ringla las cuerdas de farolillos, a lo largo de la calle. Al final giraba la rueda de un tiovivo. Su grito luminoso, histérico, estridente, hipnotizaba a los gatos sobre el borde de los aleros. La calle tenía súbitos guiños, concertados con el rumor y los ejercicios acrobáticos del viento en las cuerdas de farolillos. A lo lejos, sobre la bruma de estrellas, calcaba el negro perfil de su arquitectura, San Martín de los Mostenses.