El yanqui entornaba un ojo, mirándose la curva de la nariz. Y la pelazón de indios seguía gritando en torno de las farolas que anunciaban el mitin:
—¡Muera el Tío Sam!
—¡Mueran los gachupines!
—¡Muera el gringo chingado!
V
El Director de “El Criterio Español”, en un velador inmediato, sorbía el refresco de piña, soda y kirsch que hizo famoso al cantinero del Metropol Room. Don Celes, redondo y pedante, abanicándose con el jipi, salió a los medios de la acera:
—¡Mi felicitación por el editorial! En todo conforme con su tesis.
El Director-Propietario de “El Criterio Español” tenía una pluma hiperbólica, patriotera y ramplona, con fervientes devotos en la gachupía de empeñistas y abarroteros. Don Nicolás Díaz del Rivero, personaje cauteloso y bronco, disfrazaba su falsía con el rudo acento del Ebro: En España habíase titulado carlista, hasta que estafó la caja del 7.º de Navarra: En Ultramar exaltaba la causa de la Monarquía Restaurada: Tenía dos grandes cruces, un título flamante de conde, un banco sobre prendas, y ninguna de hombre honesto. Don Celes se acercó confidencial, el jipi sobre la botarga, apartándose el veguero de la boca y tendiendo el brazo con ademán aparatoso:
—¿Y qué me dice de la representación de esta noche? ¿Leeremos la reseña mañana?
—Lo que permita el lápiz rojo. Pero, siéntese usted, Don Celes: Tengo destacados mis sabuesos y no dejará de llegar alguno con noticias. ¡Ojalá no tengamos que lamentar esta noche alguna grave alteración del orden! En estas propagandas revolucionarias, las pasiones se desbordan...