—¿Tiene usted las notas? Hágame el favor. Yo las veré y las mandaré a la imprenta. ¿Qué impresión en el público?

—En la masa, un gran efecto. Alguna protesta en la cazuela, pero se han impuesto los aplausos. El público es suyo.

Don Celes contemplaba las estrellas, humeando el veguero:

—¿Real y verdaderamente es un orador elocuente el Licenciado Sánchez Ocaña? En lo poco que le tengo tratado, me ha parecido una medianía.

El Vate sonrió tímidamente, esquivando su opinión. Don Nicolás Díaz del Rivero pasaba el fulgor de sus quevedos sobre las cuartillas. El Vate Larrañaga, encogido y silencioso, esperaba. El Director levantó la cabeza:

—Le falta a usted intención política. Nosotros no podemos decir que el público premió con una ovación la presencia del Licenciado Sánchez Ocaña. Puede usted escribir: Los aplausos oficiosos de algunos amigos no lograron ocultar el fracaso de tan difusa pieza oratoria, que tuvo de todo, menos de ciceroniana. Es una redacción de elemental formulario. ¡Cada día es usted menos periodista!

El Vate Larrañaga sonrió tímidamente:

—¡Y temía haberme excedido en la censura!

El Director repasaba las cuartillas:

—Tuvo lugar, es un galicismo.