La daifa se oprimía las sienes, metiendo los dedos con luces de pedrería por los bandos endrinos del peinado:

—¡Para toda la noche tengo ya jaqueca!

—Una taza de café será lo bastante... Disuelve usted en la taza una perla de éter, y se hallará prontamente tonificada, para poder intentar otra experiencia.

—¡Una y no más!

—¿No se animaría usted a presentarse en público? Sometida a una dirección inteligente, pronto tendría usted renombre para actuar en un teatro de Nueva York. Yo le garanto a usted un tanto por ciento. Usted, antes de un año, puede presentarse con diplomas de las más acreditadas Academias de Europa. El Coronelito me ha tenido conversación de su caso, pero muy lejano, que ofreciese tanto interés para la ciencia. ¡Muy lejano! Usted se debe al estudio de los iniciados en los misterios del magnetismo.

—¡Con una cartera llena de papel, aun no cegaba! ¡A pique de quedar muerta en una experiencia!

—Ese riesgo no existe cuando se procede científicamente.

—La rubia que a usted acompañaba pasados tiempos, se corrió que había muerto en un teatro.

—¿Y que yo estaba preso? Esa calumnia es patente. Yo no estoy preso.

—Habrá usted limado las rejas de la cárcel.