La amortajada puso los tristes ojos en una estrella:

—¿Se me notaba que estuviese ronca?

—No más que al atacar las primeras notas. La pasión de esta noche es de una verdadera artista. Sin cariño de padre, creo que hubieses tenido un triunfo en una sala de conciertos: “No me mates, traidora ilusión.” ¡Ahí has rayado muy alto! Hija mía, es preciso que cantes pronto en un teatro, y me redimas de esta situación precaria. Yo puedo dirigir una orquesta.

—¿Ciego?

—Operándome las cataratas.

—¡Ay mi viejo, cómo soñamos!

—¿No saldremos alguna vez de esta pesadumbre?

—¡Quién sabe!

—¿Dudas?

—No digo nada.