—Tú no conoces otra vida, y te conformas.
—¡Vos tampoco la conocés, taitita!
—La he visto en otros, y comprendo lo que sea.
—Yo, puesta a envidiar, no envidiaría riquezas.
—¿Pues qué envidiarías?
—¡Ser pájaro! Cantar en una rama.
—No sabes lo que hablas.
—Ya hemos llegado.
En el portal dormía el indio con su india, cubiertos los dos por una frazada. La chica fúnebre y el ciego lechuzo pasaron perfilándose. El esquilón de las monjas doblaba por las Ánimas.