Nacho Veguillas también tenía el vino sentimental de boca babosa y ojos tiernos. Ahora, con la cabeza sobre el regazo de la daifa, canta su aria en la Recámara Verde:

—¡Dame tu amor, lirio caído en el fango!

Ensoñó la manflota:

—¡Canela! ¡Y decís vos que no sos romántico!

—¡Ángel puro de amor, que amor inspira! ¡Yo te sacaré del abismo y redimiré tu alma virginal! ¡Taracena! ¡Taracena!

—¡No armés escándalo, Nachito! Dejá vos al ama, que no está para tus fregados.

Y le ponía los anillos sobre la boca vinaria. Nachito se incorporó:

—¡Taracena! ¡Yo pago el débito de esta azucena, caída en el barro vil de tu comercio!

—¡Callá! ¡No faltés!

Nachito, llorona la alcuza de la nariz, se volvía a la niña del trato: