—¡Calma mi sed de ideal, ángel que tienes rotas las alas! ¡Posa tu mano en mi frente, que en un mar de lava ardiente mi cerebro siento arder!

—¿Cuándo fue que oí esas mismas músicas? ¡Nachito, aquí se dijeron esas mismas palabras!

Nachito se sintió celoso:

—¡Algún cabrón!

—O no se habrán dicho... Esta noche se me figura que ya pasó todo cuanto pasa. ¡Son las Benditas!... ¡Es ilusión esta de que todo pasó, antes de pasar!

—¡Yo te llamaba en mis solitarios sueños! ¡El imán de tu mirada penetra en mi! ¡Bésame, mujer!

—Nachito, no seás sonso y dejame rezar este toque de Ánimas.

—¡Bésame, Jarifa! ¡Bésame, impúdica, inocente! ¡Dame un ósculo casto y virginal! ¡Caminaba solo por el desierto de la vida, y se me aparece un oasis de amor, donde reposar la frente!

Nachito sollozaba, y la del trato, para consolarle, le dio un beso de folletín romántico, apretándole a la boca, el corazón de su boca pintada:

—¡Eres sonso!