VI
Tembló el altarete de Ánimas: El aleteo de un reflejo desquició los muros de la Recámara Verde: Se abrió la puerta y entró sin ceremonia el Coronelito de la Gándara. Veguillas volvió la nariz de alcuza y puso el ojo de carnero:
—¡Domiciano, no profanes el idilio de dos almas!
—Licenciadito, te recomiendo el amoniaco. Mírame a mí, limpio de vapores. ¿Guadalupe, qué haces sin darle el agua bendita?
El Coronelito de la Gándara, al pisar, infundía un temblor en la luminaria de Ánimas: La fanfarria irreverente de sus espuelas plateras, ponía al guiño del altarete un sinfónico fondo herético: Advertíase señalada mudanza en la persona y arreo del Coronelito: Traía el calzón recogido en botas jinetas, el cinto ajustado y el machete al flanco, viva aún la rasura de la barba, y el mechón endrino de la frente, peinado y brillante:
—Veguillas, hermano, préstame veinte soles, que bien te pintó el juego. Mañana te serán reintegrados.
—¡Mañana!
Nachito, tras la palabra que se desvanece en la verdosa penumbra, queda suspenso sin cerrar la boca. Oíase el doble de una remota campana. Las luces del altarete tenían un escalofrío aterrorizado. La manflota en camisa rosa —morena prieta— se santiguaba entre las cortinas. Y era siempre sobre su tema el Coronelito de la Gándara:
—Mañana. ¡Y si no, cuando me entierren!
Nachito estalló en un sollozo: