—Siempre va con nosotros la muerte. Domiciano, recobra el juicio, la plata de nada te remedia.
Por entre cortinas salía la daifa, abrochándose el corsé, los dos pechos fuera, tirantes las medias, altas las ligas rosadas:
—¡Domiciano, ponte en salvo! Este pendejo no te lo dice, pero él sabe que estás en las listas de Tirano Banderas.
El Coronelito aseguró los ojos sobre Veguillas. Y Veguillas, con los brazos abiertos, gritó consternado:
—¡Ángel funesto! ¡Sierpe biomagnética! Con tus besos embriagadores me sorbiste el pensamiento.
El Coronelito, de un salto estaba en la puerta, atento a mirar y escuchar: Cerró, y corrida la aldaba, abierto el compás de las piernas, tiró de machete:
—Trae la palangana, Lupita. Vamos a ponerle una sangría a este doctorcito de guagua.
Se interpuso la daifa en corsé:
—Ten juicio, Domiciano. Antes que con él toques, a mí me traspasas. ¿Qué pretendes? ¿Qué haces ya aquí sofregado? ¿Corres peligro? ¡Pues ponte en salvo!
Se tiró de los bigotes con sorna el Coronelito de la Gándara: