—¿Quién me vende, Veguillas? ¿Qué me amenaza? Si horita mismo no lo declaras, te doy pasaporte con las Benditas. ¡Luego, luego, ponlo todo de manifiesto!

Veguillas, arrimado a la pared, se metía los calzones, torcido y compungido. Le temblaban las manos. Gimió turulato:

—Hermano, te delata la vieja rabona que tiene su mesilla en el jueguecito de la rana. ¡Esa te delata!

—¡Puta madre!

—Te ha perdido la mala costumbre de hacer cachizas, apenas te pones trompeto.

—¡Me ha de servir para un tambor esa cuera vieja!

—Niño Santos le ha dado la mano con promesa de chicotearte.

Apremiaba la daifa:

—¡No pierdas tiempo, Domiciano!

—¡Calla, Lupita! Este amigo entrañable, luego, luego, me va a decir por qué tribunal estoy sentenciado.