Gimió Veguillas:
—¡Domiciano, no la chingues, que no eres súbdito extranjero!
VII
El Coronelito relampagueaba el machete sobre las cabezas: La daifa, en camisa rosa, apretaba los ojos y aspaba los brazos: Veguillas era todo un temblor arrimado a la pared, en faldetas y con los calzones en la mano: El Coronelito se los arrancó:
—¡Me chingo en las bragas! ¿Cuál es mi sentencia?
Nachito se encogía con la nariz de alcuza en el ombligo:
—¡Hermano, no más me preguntes! Cada palabra es una bala... ¡Me estoy suicidando! La sentencia que tú no cumplas vendrá sobre mi cabeza.
—¿Cuál es mi sentencia? ¿Quién la ha dictado?
Desesperábase la manflota, de rodillas ante las luces de Ánimas:
—¡Ponte en salvo! ¡Si no lo haces, aquí mismo te prende el Mayorcito del Valle!