Ninguno de los antepasados había podido reaccionar contra el dulce estrago de la Quinta, y casi todos habían acabado viviendo en Lisboa o en París. Sólo el primero de los Talares, el que compró la propiedad y edificó el palacio con tipo de castillo y de chalet, lo habitó hasta el día de su muerte, y sólo ahora, al cabo de los años, su única descendiente, Palmyra Talares, quería a toda costa vivir en el dulce retiro, tomar buena cuenta de todas las cosas en aquel dulce paraje, y oir la respiración de las cosas que se pierde en el ruido de la ciudad. Era Palmyra el alma flotante de la Quinta, la que la hacía apetecible y conseguía que todas las gentes que pasaban mirasen hacia el fondo de la avenida que paraba a la puerta de la casa.

En el pueblo de al lado, entre los que se hospedaban en los hoteles de alrededor, entre los aldeanos flotantes que tenían sus casas sembradas en el paisaje desigualmente, aquí una y mucho más allá otra, tenía un prestigio grande aquella bella mujer que no se iba, que vivía año tras año en la Quinta ideal.

Palmyra era esbelta, blanca, de nariz muy fina, de ojeras de niño de sangre azul, de los niños en su primera leche. Sus ojos eran unos ojos negros con un brillo metálico, brillo un poco dorado, ojos que se podrían llamar mordorés.

Su voz tenía la suavidad infantil que la daba el portugués.

No es que mezclase en sus palabras «eses» andaluzas, ni «ces» con zedilla, sino «equis», muchas x x x x intercaladas entre las palabras, dándolas exquisitez y dulzor.

Palmyra era un dechado de dulzuras y equis. Todo lo sugería y lo preguntaba al mismo tiempo, a todo lo daba vaguedad y dejaba que pudiese ser de otro modo.

Tenía una manera de envolverse en los grandes chales de lana que daba amor por ella, gustándola salir con los brazos desnudos, los brazos que amarilleaban y se ponían cárdenos de friolencia sin quejarse nunca. Sólo se abrigaba el pecho con gran cuidado, poniendo una mano sobre el cierre del abrigo.

Envuelta en sus larguísimas toquillas blancas, resultaba esponjosa, mayor, con unos opulentos senos guardados en el nido más tibio y cándido, el nido blando en que se mecían.

La cubierta del libro que siempre llevaba en la mano, la caracterizaba. Era una cubierta del lienzo que usan para las velas de los barcos, en el que una aguja paciente había bordado debajo de un precioso papagayo verde:

Papagaio da pêna verde
Naó venhas ao meu jardim
todas as penas se acaban.
Só as minhas nao tém fim