Tenían su orgullo y su altivez de siempre y vivían la vida del palacio bien comida, tranquila, con el aroma de todos los vinos.

Tan opulento era el ambiente del palacio y tan sestero, que siempre serían en él una cosa vaga los cuadros y las cornucopias, algo así como una palmatoria en peregrinación por la galería de las paredes.

Se vivía en el cuajo de las habitaciones, en sus últimos rincones, lejos de su decorado y aceptándolo como un incontable aliciente. En aquel conjunto de cosas, casi sin trecho libre, siempre sería una sorpresa cada cosa y unos días se encontrarían los medallones en cera y pelo de los antepasados, y otro un relicario apenas visto.

Casa llena de caracolas como adorno de todo pie de consola o toda mesa libre. Se acordaba su ruido interno en un rumor incontrastable que se componía entre unos y otros. Estando muy atento se oía otro rumor que no era el del mar lejano, una especie de ruido de oídos de las caracolas. ¡Oídos incurables!

Unos cuantos mapas mundis y varias esferas armilares había repartidas por la casa y la daban una especie de trascendencia ultramarina y ultraterrestre.

Tenía siempre el aspecto de esos palacios pequeños que se enseñan cuando los reyes no están. Todas las habitaciones estaban como para no recibir a nadie, y, sin embargo, prontas para recibir a alguien. Había numerosos despachos y alcobas para huéspedes de una noche. Todos hallarían además un balcón ideal en cada cuarto.

La Quinta lo que estaba era muy entornada. Los párpados de sus persianas estaban entregados a un duerme vela constante.

Velos invisibles cubrían las cosas, las adormecían, las daban carácter de Semana Santa, cuando toda imagen se envuelve en un paño morado.

Las vitrinas eran auténticas y tenían cosas que habían tenido el sitio predilecto sobre el pecho de los que murieron. Había joyas en las que no se acababa de creer por lo excesivo que resultaba que fuesen verdaderas. Los brillantes tenían gotosa pesadez de cristal de roca, las pulseras eran como grilletes para la prisionera de la riqueza.

Pero en ese interior lo importante es la sombra de los rincones, la sombra de los que se fueron y la sombra de los que no pudieron estar nunca y que son los que hubieran llenado la soledad del palacio, seres excepcionales, animosos, magnánimos, que son los únicos que hubieran conseguido espantar la melancolía, que como las arañas, siempre tejía telas de sombra en las esquinas de las habitaciones de la Quinta.