¿Pero qué penas eran las suyas? Ningunas. Las saudades del país en el inmenso caserón de la Quinta. Hasta la había dado esa melancolía aquella voz excepcional y pulida como por haber cantado mucho.
Siempre se la veía detrás de los cristales mirando su paisaje, las palmeras y el mar, un mar que resultaba un escarpado y ancho patio.
Sobre todo, a las horas de tren, estaba acodada sobre el alféizar de la ventana más bonita desde la que se le veía recortado sobre el mar, coincidiendo las dos ventanillas como marco del mar luminoso, más luminoso en la galería de marinas que eran las ventanas de los vagones que en la amplia marina que se destacaba por encima y a los lados del trenecito. Aquella emoción del tren sobre el mar, como poniendo las ventanillas en blanco, era de lo más particular de aquella visión del tren de la costa, en el que el mar era un aderezo contrastante.
El mar, bajo la mirada instigadora de Palmyra, refrescaba la sed eterna con cerveza salada y fresca, encaperuzada por la espuma de nieve de las bebidas refrescantes.
La eterna fiebre de las encías que siente el mundo en dentición perpetua, se calmaba con el mar.
Daba el mar al espíritu de Palmyra uno de esos baños de tina que la había dado su madre. Cada ola que se rompía era una medida de agua fresca que la echaba sobre la cabeza. Se rompía sobre su espíritu cada ola, con chasquido de agua que se rompe en el agua.
¡Cuántas conchas de agua vertidas sobre el agua! ¡Cuántos bautismos fatales!
Pero esos espectáculos más fuertes y constantes que nosotros, son los que añaden vida a la vida.
Las palmeras eran el otro espectáculo que formaba sus horas. ¿Las quería? ¿Las odiaba?
¡Siempre aquellas grandes palmeras serían de otro país, de más lejos!