Siempre, sin embargo, serían la portada de su vida, de su novela, de su muerte.
Eran aquellas palmeras de un color verde como semillas florecidas que trajo la brisa del Atlántico. Eran árboles en los que no anidaba la inquietud humana, árboles desposeídos de sentimentalidad, que sonríen aun los días más duros.
Notaba esa indiferencia de las palmeras, pero eran su alegría en medio de todo. Enjugaban sus preocupaciones con su gran simpleza y ese optimismo fiero, que hacía que su sombra, aun en las noches de luna, parecíase como recortada luz del sol en el paraje de las playas.
Palmyra apenas salía de esa contemplación y veía venir y alejarse los trenes, cuya nube de humo parece que les retiene, que no les deja andar más deprisa, como si esa ráfaga fuese su cola que se enreda en los árboles.
Pero tanto la magnífica soledad de la Quinta como la frialdad del mar, la hacían necesitar del amor como única reacción contra aquellas dos grandes influencias.
III
ARMANDO, EL FALSO ARISTÓCRATA
Palmyra, en esa necesidad de entonar el palacio, y viendo que el tiempo pasaba y nadie llegaba lealmente a casarse con ella, creyó que eso se debía a una especial rebeldía de los tiempos ante el matrimonio, y se dejó seducir por ese joven español que está a su lado, Armando Vivar, que se hacía tener por un aristócrata español y vivía en el palacio desde hacía muchos meses, tratado a cuerpo de rey, y recibiendo en sus brazos aquella blanca forma de Palmyra como suprema posesión del paisaje.
Armando era un huído de España no se sabe por qué misteriosos asuntos. Tenía media cara joven y la otra mitad vieja, cansada, pachucha, con un ribete de plata en las sienes.
Aceptaba de Palmyra todos los agasajos, pero no partía de él ninguno. Tenía displicencia de hombre que se mira la punta de los zapatos de charol mientras habla.
—¿Y tus posesiones de la India, cómo son?—preguntaba con visible entusiasmo.