—Son pueblos enteros... Me pertenece un río desde su nacimiento a su desembocadura.
—¿Y hay grandes árboles, de esos que tienen dos siglos?
—Tan enormes que sobre sus ramas principales han edificado los indígenas casas para varias familias...
A Armando le gustaban esas conversaciones novelescas y embobecidas en que el niño pregunta como un niño ávido.
Palmyra había encontrado en él al apuesto varón que solía colgarla de su brazo en la intimidad pasando la mano por debajo de su axila y depositándola siempre en la esfera apetitosa de su seno.
Ella temblaba de pensar que se pudiera ir aquel hombre que llenaba del masculino son de su voz toda la casa y era como el guarda seguro de la Quinta.
Se adornaba mucho para retenerle.
Se ponía sus pendientes de brillantes viejos, que brillaban con singular encanto a la luz del sol de la tarde, cuando se acercaba a las dulces ventanas.
Ponían en las paredes sus espejuelos refulgentes, estrellitas de luz movibles a cualquier gesto de su cabeza.
Armando miraba esa animación viva que lentejuelaba la pared como lanzamiento de los espejitos rotos de los pendientes y procuraba pasar la tarde a fuerza de puros. Siempre estaba abierta en la mesa más próxima la caja con su orla de fina puntilla y en la estampa un caballero de grandes bigotes, gran cadena, dije de oro y cargado de sortijas; pureador como un rey, con placidez de gran tendero en la expresión. Eran esos grandes señores de Partagás, de Bravo, o de Gómez, grandes amigotes de su soledad, retratos de parientes bonachones y con gran bigote.