La sedosa suavidad del puro habano le quería y le acallaba. La Quinta entera estaba siempre llena de humo, como si hubiese entrado en las habitaciones el humo de la cocina.

Palmyra tosía al sentir cerca el humo del tabaco, pero se metía en su muralla espesa y al fin se acostumbraba y le hablaba con voz apagada.

El no la escuchaba, muchas veces distraído en especulaciones ingenuas. Era un pecado que no oyese su dulce voz, y los muebles le reconvenían. «¿Por qué no te dedicas a oir su voz? Ya sería una buena ocupación». Y las cornucopias le dirigían miradas atroces.

El coche de dos caballos les esperaba a las cinco en la puerta. Era la hora de paseo, esa hora dulce en que se va en los coches como en barcas por los lagos del paisaje portugués.

Armando subía al coche un poco convencido por el paseo. Iban por la orilla del mar, al margen de los hotelitos, observando los balcones, la lámpara que se entrevé por el balcón entreabierto, los techos de pizarra en forma de escamas que parecen las cabezas encucurruchadas de unos dragones escamados.

Leían, como títulos de poesías sentimentales, «Recordaçoes», «Corbeille de urs», «Mon plaisir», «Saudades», «Rosiña», «Bella-mar», «El Ribazo», «Vasco», «Ermida», «O miradouro», «Roseiras», «Mascota», «Ribereña» y numerosas fincas con numerosos nombres de mujeres quizás muertas en su mayor parte, alguna con la placa del nombre a medio desprender.

Un padre con su niño detrás de los cristales. Torres almenadas.

Aquellas mujeres no se atrevían a dejar pasar la verja al caballero desconocido por si se hacía el dueño.

No podía haber más temible ladrón de su casa que el que se sentase amistosamente en su gabinete.

Los pasos de nivel eran para él un camino de tragedia en que siempre se acordaba de aquel coche de carreras atropellado por el tren.