Se veían esos grupos de hombres que después del trabajo juegan a estar borrachos en la puerta de las tabernas y que parece que por lo menos van a tirar un corcho al coche que pasa.
Los eucaliptus dejaban caer sus cendales de olor, sus desgajados tules de perfume, sus grises ráfagas.
Armando, en el coche, la apretaba con abrazo de coche, o sea apretándola el costado, incrustándose en su brazo y hasta la cadera, como intentando volver a la mujer a su primitiva injertación en el costillar derecho.
—¿Me quieres como a la mujer que se desea en este encantador paisaje, o quisieras entrar en esas casas que se ven, buscando otras mujeres?
Armando respondía a esas sutilezas de un corazón enamorado que da vueltas ingeniosas a todas las posibilidades:
—No digas tonterías...
Y, sin embargo, se tenía que conmover ante aquel paisaje y aquella mujer.
Los dos caballos, bien amaestrados por los antiguos cocheros de la casa, componían ese verso de circo del paso bien braceado, que da al camino aire de pista, aire solemne y pretencioso de camino de orgullosos caballos.
Había siempre muchos humos en el paisaje.
Cada humo era un incienso. Eran humos lánguidos de la buena tarde. Ninguno perturbaba el cielo. Todos caían, y aun siendo caudalosos, eran humos de ara.