Por encima de ellos lucía el paisaje límpido, establecido con más asiento que en ningún lado del mundo. Era aquél un rincón inmóvil de felicidad.
«Este será—pensaba Armando, metiéndose más en el coche, replegándose en un rincón—el último refugio de la felicidad; será donde la dicha tarde más en apagarse.»
Todas las barquitas a lo lejos eran como flotadores de una gran red, como bastas con que la gran red estaba atada al mar.
Sin poder creer que aquéllas fuesen barcas, considerando que eran boyas, preguntaba a Palmyra:
—¿Son barcas?
—Sí... Son barquitas... Esperan, se ocultan en el mar, se disimulan para pescar más... Sacan el vivo dinero con que vivir los días malos.
—Que nunca les llega para zapatos...
—Nunca, es verdad... Aunque, como ellos dicen: «La planta del pie no necesita media suelas.»
A las seis de la tarde levantaban el vuelo todas las barcas, izando su vela, como cortapapeles de la tarde, igual que si fuesen el abrelibros del cielo y del mar.
En el vuelo, raudo sobre todo, tenía la agudeza rasgadora y sesgante de los cortapapeles el cuchillo triangular de la vela. Y abría, quizás, las hojas del atardecido, la lectura poética de la media luz, lo que sólo cuando se encienda la luz artificial se podrá leer, aunque se mate el tiempo esfoliándolo.