Entonces volvían apresuradamente, nadando los caballos el camino con braceo más enérgico.
El cielo tomaba ese color de las sedas irisadas a las que la luz se ha comido el color y en las que se hace así un borde y una huella insubsanable.
El mar, como espejo de luces extrañas, y con más luz cuando en la habitación de la tierra se apaga, recogía una anacrónica iluminación.
IV
LAS VISITAS
Algo entretenían a Armando las visitas de los habitantes de los pocos hoteles con gente.
Le gustaba encontrar aquella ansiedad de hablar con que les inquietaba la soledad. Entraban en la Quinta con una zalamería de gentes que temen que las echen y las exijan el silencio.
Se entablaba un diálogo tímido y que nunca se explayaba entre los moradores de la Quinta y los recién llegados.
Los recién llegados.—Venimos a tener un ratito de conversación... Déjennos ustedes tenerla...
Los moradores.—Siéntense; ¿pero de qué vamos a hablar?
Los recién llegados.—De nada... De esas cosas que se cazan al vuelo, de lo que sino se hablase de ello la vida sería demasiado imponente... Pequeñeces.