Los moradores.—Hágannos ustedes el programa.
Los recién llegados.—No será posible hacerlo nunca, y, sin embargo, surgirán las palabras...
Los moradores.—Con que nos digan cualquier cosa de las que pasan por el camino. ¡Pero de ninguna manera alabar nuestros cuadros!
Los recién llegados.—No... Intentaremos hablar de todo antes de ocuparnos de eso...
Los moradores.—También nosotros estamos deseando la conversación trivial.
Los recién llegados.—Pues no perdamos tiempo.
Y después de ese diálogo invisible comenzaban las conversaciones.
Entre los que iban con más constancia figuraban doña Manolita, don Vasco, una inglesa, antigua huéspeda de aquel paraje, que se llamaba Elisabeth, y un español, don Mariano Guisasol, que tuvo gran importancia social en España y se había metido allí para siempre.
Doña Manolita era una viejecita española que apenas tenía para vivir, y que agradecía con locura los tés de Palmyra.
Llegaba sobre las seis y media, hasta los días que llovía mucho y entraba toda chorreosa y brillante de lluvia.