Dejaba su sombrero en el perchero y entraba bufándose el pelo y llevando extendidas sus manos frías para calentarlas urgentemente.

Su sombrero de luto, con gran pena, colgado del perchero, ponía de luto toda la casa. Por eso no la quería Palmyra. Era visita que la angustiaba la tarde. Parecía ir a ver la felicidad que allí podía haber para estorbarla.

Pero, sobre todo, su sombrero en la percha ponía de luto la casa y la añadía gran pena.

Doña Beatriz, que era el antídoto de doña Manolita y que también estaba de luto, no enlutaba la casa. ¡Encogía, dobladillaba, guardaba tanto su manteleta! ¡Disimulaba tanto lo que había de dejar ocupando un sitio de la casa ajena!

La inglesa doña Elisabeth entraba, con mucho derecho a entrar, y se iba derecha a la butaca, que creía ya que la pertenecía.

No se acababa de saber de qué parte de Inglaterra era, ni hacia dónde caía su pueblo.

En su roñosería, en su modo de ser se veía la mujer que ha estado asomada al mostrador de una tienda de especias. Tenía los lentes de la que despacha o toma la cuenta muy por lo menudo a sus colonos.

Un inglés chic se hubiera dado cuenta de qué clase de inglesa era, aunque sin perjuicio de creer que era más persona que el resto de la humanidad.

Siempre iba con sombrero de paja, sin tener en cuenta que aun siendo un buen clima el portugués, convenía ensamblarse con la moda y dar al invierno lo que es del invierno.

Su sombrero era como un sombrero viejo, un sombrero de pajilla fina, machucada, y de alas desigualmente rizadas por estar siempre en la horma del perchero.