A la servidumbre, a la gente del pueblo, los trataba con ese aire colonizador que tienen los ingleses.
No encontraba el bien del cambio. Esa alegría picaresca, como de pegársela al país en que su moneda está más alta, que tienen los españoles y que después se hacen perdonar teniendo largueza, los ingleses no la tenían. Estaban acostumbrados quizá a que las libras fuesen superiores a la moneda de los países que visitaban y adquirían en seguida la sensibilidad del dinero en el país en que estaban.
La inglesa vivía la vida con un firme deseo de vivir y con un imperio de pantera que, aun vieja, tiene que deber a su fiereza el seguir viviendo.
Don Vasco era un señor plegado en arrugas seguidas, un señor que estuvo en la China y que tenía la casa llena de cosas chinesas.
Recordaba unos días mejores que aquellos, unos días de un amarillo más puro.
Todos parecían al otro lado del mundo, detrás de las tapias de la vida, asomando la cabeza por encima de las barreras, en la ventana parapetada, en las terrazas apartadas de todo y frente al mar.
Ellos a quien querían era a Palmyra, pero no discutían si estaba bien o mal que tuviese a Armando a su lado. Le saludaban también con mucho aprecio y se ponían a conversar con él familiarmente, en entrañable confidencia.
Aquel clima absolvía de todo. Había que estar contentos con los que permaneciesen en la vida.
—Por fin van a aprobar el tren eléctrico—dijo don Vasco, dando una gran alegría a sus palabras para que creyesen al fin aquella consoladora mentira antigua, aquel proyecto ideal, el magno proyecto que comparte medio universo, la electrificación. Parece que entonces se irá a todos sitios como por teléfono y esa idea entusiasma sin reservas.
—¡Lo que ganará entonces la propiedad aquí!—dijo doña Beatriz, que sólo tenía una propiedad insignificante, con la reventa de la que pensaba comprar otra casita un poco más lejos y aumentar de modo fabuloso las rentas de su dinero.