La inglesa, pobre gallina coja que sólo permanecía allí por ver si perdía su cojera, no salía apenas de la carretera de sol, y por lo tanto no la importaba nada que electrificasen aquello, preocupándole íntimamente por el contrario la idea de poner un día el pie en la vía electrificada y que se sobrecogiese más su pata coja. Pero no se atrevía a decir esa aprensión de su ignorancia.
Don Mariano opinó:
—No está mal... Habrá chispazos de gran ciudad en la carretera, chispazos que en las noches de verano parecerán relámpagos.
Armando, que sólo entraba en las conversaciones nada más que cuando había una entrada alegre, dijo:
—Y pediremos billetes para la Puerta del Sol...
Palmyra, que reconoció la nostalgia, la salió al paso para quitársela.
—Así podremos ir más veces a los teatros de Lisboa...
—Lo malo—insistió Armando—es que tenga tipo de tren en vez de tener tipo de tranvía... Debían de pintar los coches de amarillo. Don Vasco, usted que conoce al Director de la Compañía, se lo puede proponer.
El tren eléctrico pasaba por sus imaginaciones como guión que suprimiría el campo, sin tener en cuenta que mientras se viese en el viaje todo aquel largo paisaje que se veía por las ventanillas de aquel viejo primer tren de juguete con que se inauguró el trayecto, no podría conseguirse aquel raudo traslado telefónico en que materialmente soñaban.
Se hizo una pausa, durante la que los viejos tranquilones y huídos reaccionaban ante la electrificación, pues veían al pensar en el caso con más atención, que se corrompería un poco su retiro, que aquello que habían ido a buscar iba a verse muy accedido por las gentes que se enganchan en los viajes rápidos y fáciles.