—¡Qué tarde ha hecho hoy!—exclamó el alegre español, en cuyo pecho anfisemático la presión poderosa de la orilla del mar mezclada a la cordialidad del tiempo abría todas las válvulas defectuosas.
—Ha sido una tarde de toros, una tarde de Corrida de Beneficencia—dijo Armando, que se sobrentendía con el español don Mariano.
Palmyra, siempre pronta para apagar la nostalgia, dijo:
—Ha sido una mañana de luar...
—Muy bien, muy bien; eso ha sido—dijo doña Manolita, y todos los presentes volvieron los ojos hacia la dueña de la casa, que tan bien había caracterizado el día con su paradoja, convirtiéndole en día lleno de luna, borracho de luna como un bizcocho borracho.
—Realmente es verdad...—intervino don Vasco—. El sol era el sol, de eso no cabe duda; pero era un sol blando, alunado, de suave luz o más que de luz suave, porque no se le podía mirar siquiera, de luz suavizada aquí abajo, en nuestro valle de lágrimas...
La tarde les había convidado a todos con sus vinos dulces y estaban embriagados como después de un día de santo. Veían con pena y aun con sed la copa vacía de los cristales de las ventanas.
Estaban clavados en sus asientos, iban a vivir en aquellas visitas, sobre todo antes, cuando Palmyra estaba sola e indecisa y gozaban entera la pasión inútil que se escapaba a su juventud y que no acababa de salir de las habitaciones, aunque se abriesen los balcones, porque se agarraba a los tiradores de las puertas, a las paredes, a los brazos de las butacas y a los sofás. Ahora vivían con una absorción de vampiros viejos de lo que flotaba de la pasión que todos aquellos vejanchones suponían frenética, más frenética que fueron sus pasiones, y eso que alguno, como don Vasco, las tuvo de serpiente de tierra caliente.
Como de esas coronas que hace el humo al salir del cigarro, así parecía haber quedado lleno el salón de las coronas de los abrazos que se habían dado en la noche Palmyra y Armando, y que, como todo lo condensado en la alcoba, daba un salto por encima del biombo que la separaba del salón.
Armando se adormecía en aquella tertulia, pero Palmyra, no; a Palmyra le gustaba hacer los honores, moverse de un lado a otro, ofrecer el té...