—A propósito del té, ¿ustedes saben una historia india...?—dijo don Vasco.
—Ya nos lo ha contado usted tres veces, señor Vasco—dijo Armando.
—Quizá a ustedes sí, pero, ¿pero qué espíritus nos acompañan esta tarde? ¿Saben ustedes si son los mismos de ayer? Probablemente, no.
—Espiritismos, de ningún modo—dijo Armando, riendo de la disculpa que había buscado don Vasco, para contar la noventa y nueve vez la historia del té.
—Este es siempre un té cada vez más tardío—dijo la inglesa con su construcción y su portugués estrambóticos...
—Acabaremos convirtiéndole en vermú—dijo Armando.
—¡Qué más da! El té no hace daño a ninguna hora—aseguró la pobre doña Beatriz, ansiosa siempre de reconfortarse con muchos bizcochos y cuatro o cinco tazas de té, en cuyo fondo quedaba después algo así como un final de sopas de ajo.
Lo que había de rincón del mundo en aquel paraje se acentuaba a aquella hora en que había llegado el último tren, después del que ya no podía esperarse ninguna sorpresa. Ya no se podría poner ni recibir un telegrama tampoco. Quedaban desligados del mundo como si fuesen un islote que al anochecido se separase de las tierras firmes.
Palmyra servía a Armando su té, mirándole mucho a los ojos, queriendo dialogar secretamente con él en medio de todas las visitas, pero Armando rehuía esa complicidad que temía que todos notasen. Ella, con esa insistencia de la mujer enamorada, volvía y volvía a envolverle.
—Ha vuelto la gripe—dijo doña Manolita, atemorizada, queriendo que la consolasen los demás de su miedo; porque los pánicos se esparcen y se siente la voluptuosidad de propagarlos y padecerlos.