—La gripe siempre vuelve—dijo el anciano don Mariano—. Yo siempre la he visto volver desde que era niño... Es el vaho de la muerte, ese humillo que ella también echa los días crudos del invierno... No hay nada más sutil ni de que pueda uno defenderse menos.
—No está mal la teoría—repuso don Vasco—. A la gripe la he visto yo, devastadora como nunca, en la India; mataba como siempre con frivolidad, sin anunciar su gravedad, sin ahuyentar de ella como ahuyenta la peste...
—Es lo único que nos amarga este retiro delicioso. Hasta aquí mata—dijo doña Beatriz.
—¿Y de dónde podrá venir aquí?—preguntó Palmyra.
—¿No la he dicho a usted, señora—volvió a intervenir don Mariano—, que sale de los cementerios?... Si quemásemos todos los cadáveres no pasaría eso.
Todos quedaron silenciosos un instante y se hubieran sacudido el aire con la mano como quien aparta un contagio invisible.
Después todos se fueron levantando, no sólo porque era tarde, sino como si huyeran unos de otros, como si esperasen que en la noche se declarase en alguno la gripe, como si huyesen a una mayor soledad.
Así era una tarde de visitas en la Quinta de Palmyra.
V
DÍA DE LLUVIA AMOROSA
Al abrir las contraventanas se encontró las viruelas de la lluvia en los cristales. Después vió que en los charcos dejaba caer sus chinitas pertinaces, boquiabriéndose el agua de los charcos como si los pececillos lanzasen fuera su burbuja de aire puro.