¡Otra vez esa confinación en el palacio por quince días dentro de los flecos interminables!

A Armando le faltaban palabras para Palmyra y esa era su principal tragedia, pues acariciarla la barbilla con ternura constante no era suficiente.

No tenía más horas álgidas que las horas comestibles, las doce y las ocho de la noche, pero eran horas ¡de tan breve duración!...

Era, pues, este día un día de estar muy pegado a las ventanas y de mirar la péndola del reloj de alta caja de la sala más clara, un reloj en cuya lenteja estaba pegado el retrato de la difunta madre de Palmyra.

Era una señora de peinado burgués y de cuello corto, que debió tener una gran bondad.

En la lenteja del reloj—¡qué ocurrencia!—parecía vivir con palpitaciones de reloj, como si su corazón, en vez de moverse de arriba a abajo, se moviese de izquierda a derecha. Era una manera excesiva de perpetuar los recuerdos, pero estaba bien por la originalidad.

Asomado a las ventanas de la Quinta, pensaba que aquéllas eran las ventanas de Europa; las ventanas del otro lado, las ventanas finales que daban a la luz del descampado mar de quince días de travesía. Devolvía aquel cielo la luz extensa y desorbitada del solar extensísimo del Océano Atlántico.

Eran las ventanas para lanzar los suspiros del alma desolada que al llegar al borde último de los continentes y las penínsulas suspira con fuerza y la gusta irse en el suspiro ancho y desahogado del cielo que se remonta y huye. Por eso había un suspiro claro de luz aun siendo un día lluvioso.

En seguida apareció Palmyra y fué hacia él.

—La lluvia borra el mundo—dijo Armando.