—No. Lo oculta para que vivamos de nuestra intimidad... Hoy la Quinta está más satisfecha y dice: «¡Gracias a Dios que se van a dedicar a mí sola!»—repuso Palmyra.

Resultaba reblandecida y sin curación en el fondo del salón, que parecía más profundo porque el cortinal de la lluvia era espeso y confundía la luz.

Lo que en su rostro pálido había de herpético—ese poco de herpético que es como el principio inicial de la corrupción—se acentuaba más en la tarde, que devolvía su condición de greda a la carne humana.

Lo que hay de más difícil de entretener es la mañana, y una mañana lluviosa sobre todo.

—Estamos como dentro de una pecera, colocados así detrás del cristal y viendo caer agua—dijo Armando.

—¿Y no es bonito estar en el nido de una pecera, los dos juntitos?—repuso Palmyra.

Armando tenía odio a los mimos y era hasta brusco con Palmyra.

Al ver sus brazos desnudos, que tanto la gustaba desnudar, la dijo con tono desabrido, como mordiéndola en el brazo y haciéndola daño:

—¿Pero no ves que es de una gran desvergüenza tener siempre los brazos desnudos?

Abrumada por la reprensión desmedida de Armando, Palmyra cruzó sus brazos y se cubrió con las manos los biceps mullidos y con plástica de aparatos musicales de la sensibilidad.