Palmyra le obedecía en todo, y cuando él se incomodaba se quedaba cohibida como una cordera bajo la influencia del eclipse.

La cuesta de la mañana la subían bastante silenciosos, manoseándola a ratos él como se manosea la caza, el pescado o la fruta que se compran en el dintel de la puerta.

Ella estaba tan enamorada de Armando que no tenía pudor ni por la mañana, y se miraba y le volvía a mirar y se volvía a mirar para ver si le podía complacer a él lo entreabierto, insistiendo en el juego para encontrar en sus ojos una buena mirada de avidez como premio. Pero él la miraba como el que se para a contemplar la estatua de mármol mientras la quita el polvo, con mirada burda de doméstico.

Después Armando se ponía a pensar en la comida.

«Qué pez es el del día es lo que hay que preguntar—se decía—, que la carne ya sé cuál ha de ser, tanto la de la mujer como la de la ternera.»

A las doce, cuando ya estaba el menú preparado y habían escogido en la discusión de la cancela el pez más extraordinario de las banastas, hacía Armando su pregunta en voz alta:

—¿Qué pez es el del día?

—Hoy es pargo—le contestaba Palmyra, o bien le decían al servirle:

—Es un pez muy bueno que aquí llaman jabel.

—¡Sí, sí!... Ya sé—dijo Armando, que no quería recibir tantas explicaciones como un sordo.