La nieve del mantel caía ya sobre la mesa y él lo miraba desde lejos, a través de las puertas de cristales. Eso daba luz a la mañana. Las altas copas iban reanimando el día, y la lluvia perdía importancia.
Bebía con delectación su vino predilecto, que veía enrubiecido por la luz que caía del sol a través de las nubes.
Para su vinillo predilecto eran las mejores sonrisas del yantar, para aquel Bucellas claro como sangre cordial de mujer rubia. Muchas veces levantaba su copa para ver el día a través del licor y del cristal y encontraba así, sólo con esa mirada, transparente y ambarina, el suficiente optimismo.
El «Bucellas vielho» le insuflaba todo aquel tiempo que contenía, pues el tiempo suele buscar el fondo del vino para posarse, y así lo adensa y lo mejora.
«¡Es que me he bebido la esencia de tantos días!»—se decía Armando al sentirse un poco ebrio de una cosa vibrante, llena de minutos, espesa de segundos.
El se volvía decidido, anecdótico, náufrago alegre aun en los días grises, mirando por la vidriera el mar como si sólo fuese motivo de una vidriera policromada, en que cada ola se emplomase en las de al lado, en la de atrás y en la de delante.
Los brazos aireados de ella, los brazos que le irritaban y le atraían, jugaban al diábolo con sus miradas, que, como carretes del diábolo, se movían dentro del ángulo del brazo y después de saciadas le eran devueltas por la axila pálida, por el hueco muerto y triste que queda entre el brazo y el antebrazo.
Armando la veía en gran señora de la casa, erguida, airosa, muy castellana.
Todo su gesto era gesto de retener su perfil puro y escueto con mueca tersa, ese gesto elemental y sugestivo que es todo el pensamiento y todo el físico de muchas mujeres, y que cuando se las marchita y se las arruga es como si desapareciesen porque no han sostenido más que eso, no eran más que esa vigilancia de la boca fruncida, la frente estirada, los ojos vivos y la nariz esculpida.
¡Pero qué bien sostienen ese perfil algunas!