¡Cómo tiraban sus mejillas y todo su rostro del perfil que presentaba escueto, delgado, suave, agudo, triunfando en él y asteriscándole bien con las dos orlas de brillantes de sus lóbulos!

En aquel día lluvioso, pensando en salvar su situación, dijo Armando a Palmyra:

—Sabes... Voy a escribir a un amigo mío de la infancia, también aristócrata, para que venga a pasar unos días con nosotros.

—Bien, bien... Escríbele esta tarde misma—contestó ella con verdadero deseo de tener un huésped y de dar a la Quinta una de sus ilusiones insatisfechas, la de tener siempre huéspedes.

Sólo ante la noticia de aquel huésped, las cosas, todos los muebles, los quinqués, se fueron recomponiendo, atusándose y diciéndose: «¡Viene por fin un huésped!... ¡Viene por fin un huésped!»

VI
LA ÚLTIMA AMAZONA

Todavía montaba a caballo, pero ya no iba a los sitios en que parecía irse antes al montar a caballo. Se paseaba sólo por los paseos transitados y sabidos.

Engañaba aún a las gentes la amazona, pero ella tenía una gran tristeza en el corazón porque a caballo sobre todo se sabía que no hay sitio donde ir.

Era su caballo tan reluciente como unos zapatos recién lustrados, un caballo francés, al que llamaba «Rey».

—¡Roi...!—decía a veces en francés, como si eso la diese un aire más aristocrático y el caballo se calmase así más.