Sentía todas las tardes el ansia de lanzar los gritos de la tarde, unos gritos que necesitaba como gran desahogo el alma a la que se ha concedido el bienestar, los gritos de gratitud a la naturaleza, al mar, a lo bonancible del tiempo.
¡Con qué encanto hubiera lanzado esos gritos desgarrados y sinceros, como destemplados gritos de pavo real, con esa misma calidad agria de los gritos felices!
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Los ocasos se apretaban allí atrozmente. Casi estrangulaban de emoción. Se levantaban de la naturaleza coros de soledad.
Aunque toda Quinta está detrás de los caminos, en la revuelta de los caminos, entre boscajes que la sirven de biombo, aquélla resultaba más oculta que ninguna otra, en lo más recóndito, como en un paraje digno de un cementerio.
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La Quinta se ponía cada vez más melancólica, más vetusta y sus árboles se llenaban de más mirlos.
El reloj de sol marchaba cada vez mejor.
Ella ya distinguía unos días de otros y encontraba en cada uno toda la vida reunida, cernida, hecha un fino flan.
Era golosa de todos los días. «Sé lo lejos que estoy del mundo—se decía—pero en esto está el éxito».