«Tiene mi vida—se decía Palmyra—algo de prisión de reina.»

Y en las primaveras se sentía adornada con canesús de rosas y en el otoño se sentía vestida con trajes de larga cola, trajes verdes hechos con hojas ensartadas.

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Hasta para ese día de locura, de gritos, de estar con los cabellos sueltos y el camisón blanco de dormir todo el día, sirve la Quinta muy perdida entre la maraña selvática. ¿Pues y si hay que pasar el resto de la vida sentado en un sillón junto a una ventana? Entonces un pájaro que dé saltos sobre los ríos del espacio es un espectáculo divino.

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Sentía a veces como si perdiese el tiempo de hacer no sabía qué cosas en la ciudad, pero se consolaba diciéndose: «aquí pasa lo mismo el día y deja flores, leña, nubes en que duermen los sueños como en colchones de pluma y una cosa que es como una miel que se respira».

Pensando como siempre en lo que dejaba el día que pasa, pues de eso era destilería su Quinta, la daba la sensación el final de su palacio de estar lleno de tiempo enmelado y de tener los sótanos atestados de baúles y tinajas de lo mismo.

«Los hombres no saben ver todas las cosas del día como nuevas—pensaba Palmyra volviendo a su obsesión—. No saben sentir los besos en las manos que dan las cosas inanimadas cuando son plácidas y silenciosas, cuando apenas ven a nadie.»

Ella sabía ser una viajera diferente cada mañana. Los otros pensaban en ciudades lejanas. No sabían quedarse definitivamente.

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