Se sentía como fuera del camino de la muerte.

* * *

En el fondo de todos los hotelitos se habían ido dando la untura del día—algo mucho mejor que un baño de sol—y ya estaban suavizados con bastante gozo para dar por bien sucedido el día.

Al pasar por los caminos se pensaba eso: que ya había entrado dentro de cada casa por sus ventanas la densa medida del regalo de un día, envuelto en papeles de seda azul.

* * *

Tenía miedo a los perros de los caminos que no hacen nunca nada y que hasta se hacen los distraídos y miran a otro lado al pasar junto a las gentes del camino para no tenerlas que saludar. Eran perros filosóficos que arrastraban por el suelo sus cabezas meditabundas y olfateaban con deleite la harina del camino.

Alguno de ellos parecía un perro miserable que la iba a pedir una moneda, pero también pasaba de largo.

* * *

Los hombres volvían a tentarla y desde su fantasía la llamaban por señas desde los confines del mundo; pero ella se decía para disuadirse de los gestos varoniles incitantes y coactivos:

«La seguridad en el mundo me la da mi Quinta. ¡Además qué necesitada está de mi presencia! Hasta que yo me muera no podrá ser la Quinta solitaria, toda llena de zarzas y cuyo interior no se sabe si ha sido o no ha sido robado!»