«Los árboles y todo me conoce. Todo clama por no convertirse en jardín abandonado ya que está en tan precioso y lejano rincón del mundo.»
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La sombra de las casas era tan intensa y caía tan bien delante de ellas algunas noches de cordial clima y clara luna, que era como esa tapa que se desploma de los vargueños fraileros y que forma frente a ellos un ancho pupitre inesperado. Daban ganas de tiritar de luna que había.
Se tendría voluntariamente un ataque de nervios sobre las sábanas blancas.
La blancura de las noches hasta de invierno, que era posible contemplar con los balcones abiertos, estaba llena de sensualidad.
Creía haber encontrado la colaboración de la noche en su alegría frenética de dueña de su Quinta en el paraje más resguardado del mundo.
Se sentía tan dichosa con el beneplácito de todo, que le hubiera gustado lanzar carcajadas a la noche, carcajadas disonantes como los gritos de los gatos, a los que parecían haber pillado el rabo en las rendijas de las puertas.
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Pero en medio de todas sus cavilaciones, placideces y elevaciones, encontraba sus ingles hambrientas, enflaquecidas, más metidas hacia dentro que de continuo. Querían el amor como después querrían la muerte. La vida es breve y hay que saberla agotar en cada momento.
En aquella soltería fatal la entraba la sensualidad enjuta de los galgos y sentía cómo se afilaban las aristas de su cuerpo.