XVIII
EL GENIO ARREBATADO

Palmyra recibió una carta de Mafra, su buena amiga de París, en que la recomendaba un pianista célebre.

«Como sé que te hará pasar un rato delicioso—decía la carta—me atrevo a enviártelo con esta carta de presentación, que debía estar escrita con notas musicales en vez de con palabras.»

Aquel pianista portugués que la expedían desde París, la tenía preocupada. Además la amistad con Mafra era sospechosa y ya le hacía complicado. Parecía una osadía más de Mafra aquél regalarla un pianista usado, aunque de la mejor calidad.

* * *

Esperó limpiando el piano, sacudiendo sus piezas de música, de las que salían innumerables notas de polvo, y colocando las partituras sobrenaturales en primer término.

Como tardaba, cubrió el piano con un magnífico retal de damasco y en vez de las velas sosas que tenían los candelabros, mandó traer unas velas pintadas.

Por fin, al día siguiente, apareció el artista, con un tipo exuberante, apasionado antes de que se presentase la ocasión, con una melena llena de brillantina sólida.

Cubrió el suelo de «mía señora» rendidos y anduvo hacia ella como arrodillado por las alfombras.

Por tanto bajar la cabeza, se le veía una calva que aparecía entre sus crespos cabellos y que se hacía visible, como luna entre nubes.