Venía entusiasmado por la belleza de los alrededores, con la imaginación desgreñada.

—¡Oh, mía señora!...

Lo que procuró primero fué asentarse bien en el más cómodo sillón de la sala, y después, con redoblada elocuencia, dijo:

—Desde fuera se sospechan muchas cosas en estos jardines... Me he emocionado el entrar hasta el palacio... Me parecía que había caimanes que morderían al desconocido... ¡Hacen un camino tan sombrío y tan entretejido los árboles!

—Sí, yo sé que produce ese miedo la Quinta... Después aquí se hace un claro muy bonito, muy rubio podríamos decir, ¿no?

—Sí, está bien... Muy rubio... Eso es...

—Desde la puerta se teme que salga a recibir al que ha llamado uno de esos japoneses de fisonomía retorcida que esgrimen un sable... Tanto, que los pobres pordioseros no llaman muchas veces de miedo que les da... Me defiende más ese grupo de árboles que obscurecen la entrada que mi perro lobo...

—Y después aquí, ¡cómo se levanta la cabeza sobre los árboles!.. Esto es maravilloso... maravilloso.

Palmyra miraba al pianista con cierta atracción. Tenía la melena fuerte de los pianistas y usaba los adjetivos vibrantes y frenéticos que a ella le gustaban tanto.

Venía de tocar en las reuniones de París. Los hombres quizás le daban un poco de lado porque no les parece bastante un pianista, pero las mujeres le seguían, siseaban, para que la reunión guardase silencio y siempre había una dama que volvía las hojas a su partitura y que en ese momento parecía tener galantería de caballero más que de mujer.