Tenía el frac un poco desgarbado de los pianistas que a la sombra del piano, indudablemente, se había alargado, preocupándole mucho conseguir la chepa de los grandes ejecutantes.
—Aquí debe sonar el piano admirablemente... Debe ondular cada nota hasta llegar al mar... Es como un ancho lago este silencio.
Y con esa desenvoltura que él tenía muy ensayada, se dirigió al piano y como quien levanta atrevidamente el peto de una mujer levantó la tapa y se puso a tocar.
Palmyra, acariciada en aquella caricia a su piano, se puso a su lado como para repasar las hojas de su memoria.
«Este hombre—se decía Palmyra—no está lleno de tantas complicaciones como él cree... No acaba de saber lo que hace, no tendrá las pretensiones de esos hombres demasiado deseosos de gloria de los que he huído... Tiene el bastante barniz para ser fino y saber poner las manos sobre lo que toca... Pero sus manos deben estar frías siempre.»
Necesitaba ya al otro varón. Todos los días tienen las habitaciones el mismo espacio que llenar y el mundo renueva también su vacía virginidad. Cuando llega el sol de la tarde sin haber tenido satisfacción, la habitación está desesperada.
El pianista tocaba en el piano de ella como si la gozase por primera vez y eso le comprometiese a más insistencia y a imitar más que nunca la desesperación de amor. Desde mañana ya sería otra cosa.
Palmyra, con voz un poco entornada, la voz que necesitaba el momento, dijo:
—Ha resucitado usted el palacio... Hacía tiempo que no se tocaba así, quizás desde que en las postrimerías del siglo pasado estuvo aquí nuestro célebre Almeida...
—¿Estuvo aquí Almeida?—preguntó con mucha admiración el pianista.