—Estuvo y dejó una fotografía dedicada a mi tía Ana, la más bella de mis antepasadas, tanto que no quiso entregar a nadie su belleza...

—¿Y tocó en este mismo piano?

—En el mismo...

—Entonces hay que cerrarlo y tirar la llave al mar...

Palmyra iba tomando gusto a aquella fantochería de don Félix; el pianista de la aristocracia. Iba a tener aquel hombre una hipocresía cabal, una de esas hipocresías en el trato que gustan a las mujeres que son las grandes hipócritas. Por eso ella le respondió en el mismo tono:

—Pero usted es un verdadero émulo de Almeida y merece su piano... Lo que he prohibido tocar en él son vals...

El pianista, como agradeciendo entremedias de la conversación esa deferencia, tomó su mano y se la besó.

Aquel beso, ni de llegada ni de despedida, fué un verdadero beso de amor, pero dado con verdadero disimulo.

«¿Tendré que dar de mamar a éste también?»—se decía ella, que sabía que en el juego del amor hay esa figura, la primera que acudía a su mente cuando el nuevo amante se la insinuaba.

Por como juzgaba según ese ejemplo a los hombres, desechaba a los hombres de bigote porque no comprendía cómo podrían simular la actitud infantil.