La repugnaba pensar en la farsa que supondría someter a ese gesto al hombre de bigote negro.

Un momento estuvo pensativa sin saber cómo aceptar aquel beso que podía ser tan cumplimiento como uno de aquellos «mía señora» con que la había alfombrado la casa.

Por romper el silencio, le consultó:

—¿Quiere que invite mucha gente al concierto?

—Quisiera tocar para usted sola.

—Pero es necesario que los demás le admiren...

Palmyra que quería entonar la entrada en la Quinta de aquel hombre que ya había visto en ella la desamparada y la consumida, esperó la noche solemne de la fiesta para comenzar con grandeza su nuevo amor.

XIX
EL CONCIERTO

Habían brotado de los alrededores señoritas azules, abrochadas con broches de los que en el mundo han quedado más de non. Imitaban a la mujer como la habían imitado todas sus antepasadas.

Señores de perilla muy afeitada en vuelta y antiguos consejeros como con un luto histórico se pegaban a la pared como si fuesen cuadros de la casa.