Las señoras formales, con las manos en los vientres fecundos, lañados después de tantos partos, esperaban algo así como el sermón de la música.
La inglesa sorda, que sólo oyendo música decía que no era sorda, se había colocado en el sitio en que se oía mejor y en la butaca en que iba a ser más dulce la loción musical.
Palmyra había congregado los resplandores en el salón del arpa.
El artista era aguardado con impaciencia, como si su tardanza pudiese disminuir al final un acto del programa.
Don Vasco se sentía feliz aquella noche, como si en vez de un concierto fuese una función de teatro la que se fuese a representar.
Don Mariano Guisasol volvía a recordar sus días de fiesta en las embajadas y por eso se había puesto de frac, dándole eso la obligación de ser el que pasase las hojas al pianista o el que limpiase el piano.
Todos habían traído el juego de rostros para oir música y pensaban mirar al piano de cola como si fuese un ataúd en cuanto fuese necesario.
Los primeros abortos sentimentales de las jovencitas iban a quedar debajo de la butacas.
La veleta de la casa sentía cosquillas con la fiesta que se celebraba en sus salones, por lo general llenos de lánguida conversación.
En eso entró don Félix, raudo como a quien le persiguen y haciendo al mismo tiempo el gesto de aquel que se viene guardando un poco de música en los faldones del frac, como si temiese que le pudiese faltar aún con la que llevaba en todos los bolsillos.