Iba como a operarles a todos sentándose rápidamente en el piano. Templó el banquillo a su medida y sonriendo a todos y como diciendo: «para que el piano resulte bien tocado, hay que lavarse muy bien los dientes», se tiró al agua de la música como nadador valiente. ¡Había que pasar cuanto antes el escalofrío de las primeras notas!

Atacó seguidas las composiciones. Casi no descansaba. Saludaba con una inclinación de cabeza a los aplausos y como prestidigitador del piano sacaba músicas y músicas de sus dedos.

Las señoritas azules trataban de ocultar sus piernas que se escapaban a sus faldas escuetas. La música las nalgalizaba.

Don Félix tecleaba sin parar como si quisiera con vencer a Palmyra con su apasionamiento, mirándola mientras apasionadamente, como un náufrago en una tormenta, como barquero en medio de un oleaje embravecido.

Todos seguían con apasionamiento la lucha del pianista con el piano, como lucha de un estrangulador con la dulce víctima.

Por fin dió por terminado el concurso hípico musical de sus manos y descansó con las manos sobre las teclas del piano como el que cree que la víctima ha lanzado su último suspiro.

La música como un río incesante y bravo se había llevado vida de todos les reunidos, peces vivos de la vida de todos, peces brillantes y dorados, los mejores momentos de las almas. Y todo se había ido hacia el mar.

Habían quedado más que mejorados, empeorados, con menos belleza en sus corazones, con menos ideas bellas en sus estanques.

La música era un remolino engañoso, les había robado alma, fantasías, ideas, reservas bondadosas. Todo estaba ya en el fondo de los mares lejanos.

Don Félix se sentó al lado de Palmyra. La llevaba el triunfo de la noche y la sumisión de la música apagada y vencida bajo sus dedos. Parecía haber matado a una reina para entronizar a otra.