Palmyra parecía haber sido descascarillada por la música y por eso se ofrecía más blanda y desnuda en la conversación. Su traje era sólo un mosquitero rosa sobre la cama de la chaisse-longue.
—¿Es que ha llorado durante la música?—preguntó el disfrazado de melenas.
—No... Y sin embargo, me ha secado los ojos la música.
—Eso no puede ser...—dijo don Félix—el lagrimal es la primera lágrima solidificada, la lágrima madre de todas las demás... Esa no la podrá usted enjugar nunca.
—Pues yo tuve una amiga a la que extirparon los lagrimales y aunque creyó que ya no podría llorar nunca, volvió a llorar.
—¡Ah!, es que las lágrimas tienen que romper por algún lado...
—Lo que harían sería desparramarse como cascada del ojo.
De pronto, como sucede en los sitios en que se acuesta temprano la gente, a todos se les hizo tarde y todos se pusieron en pie al mismo tiempo emboscando la habitación que estaba tan diáfana.
Todos se despedían hasta otra vez como si creyeran que el célebre pianista se iba a quedar allí para tocar el té musical de todos los días.
Contaban con que por de pronto en la casa cerrada en medio de la noche se quedasen los dos como pareja matrimoniada por el arte.