El pianista esperaba ese fin de espectáculo para ofrecerse con su aureola a la mujer delicada que es doblegada por la música.
Todo había sido como música de boda y allí estaba ella con el novio cansado, puesto que había sido enamorado y orquesta.
Quizás aquel hombre con la tercera persona de su piano al lado, pudiese soportar la soledad de los dos en el palacio.
Aquella amante de cola negra que iba a completar la trilogía no la importaba.
Palmyra solo necesitaba que otras manos la encontrasen Era ciega de sí misma sin eso.
No acaba de creer en sí. Era ese medio ser que es la mujer.
Necesitaba ese reconocimiento de su silueta en el que toman parte las dos manos, bajando paralelas al contorno femenino, reposando sobre las caderas y como palpando así la esférica voluntad planetaria que hay en ellas.
—¿Y ahora, señora...?—preguntó el pianista, que parecía haber nadado hacia ella para conseguirla a través de el acuoso torbellino de la música:
Palmyra contestó:
—Se quedará aquí... El cuarto del huésped siempre está preparado.