—No es lo que me preocupa dormir... Después de un concierto en que he puesto más alma que en ninguno de los que he dado nunca, no podré dormirme en toda la noche.

—Y yo que le he escuchado, tampoco.

Junto al túmulo del piano de cola, animado aún por las últimas notas, era aquel idilio como una de esas aproximaciones de velatorio que surgen entre la hermana de la muerta y el cuñado.

XX
NUEVO HUÉSPED

Siempre sería dichoso el amanecer del desconocido en la Quinta de Palmyra. Merecía el cambio la sorpresa de cada uno de los nuevos huéspedes.

Se despertó temprano, lleno de la placidez de la alcoba.

«¡Qué desayunos tendrá este palacio!», se decía el pianista, esperando aquel tazón de leche en el que habrían caído las mariposas blancas de la mañana.

Llegó la criada confidente, que sabía saludar al nuevo señor encamado, igual que si lo saludase con levita y sombrero de copa, y abrió las maderas.

El mar entró en la habitación como colcha de damasco azul, de las que resbalan voluptuosamente, porque cuando se abre la primera ventana frente al mar, el despertar de la vida tiene algo de ola.

Félix venció esa descortesía que hay siempre en aparecer desarreglado frente a la mujer con quien no se acaba de tener confianza, y salió en pijama hacia el cuarto de baño.