Palmyra, contenta, se incorporó en el lecho y vió su mañana de jardín antiguo.
Era como si mirase a través de un brillante la ma ñana que tomaba todos los tonos azules y diáfanos que sólo toma a través del cristal.
«Resignación para un nuevo día», le hubiese pedido ella.
«Cortesía para un nuevo día», le hubiera pedido también.
Ya tenía la eterna melancolía despedidora en cada caso.
Sin embargo, la mañana era lo más bondadoso del día.
En la mañana las uñas estaban enfundadas en los dedos.
Las almas y los cuartos de los chalets se ventilaban a esa hora.
El verde de la primera comida apaciguaba todos los alrededores.
Se tenían pequeños deseos conformistas, como que pasase el primer automóvil, el automóvil que peina al paisaje y le hace la raya.