El mar era un mar vertido en un lava ojos.
Gran limpieza de espejos había en la mañana.
El pianista encontró con gusto la claridad y el relumbre matutino.
En días sucesivos, como una lección de optimismo que no le dejó reflexionar, se acordó de aquella mañana primera.
Como a todos, una convicción campestre les hacía perdurar.
Ella seguía improvisando sus frases de aplicación perfecta:
—Hay un momento en que los barcos son como tartanas.
Y en la hora luciente de después de comer, que es cuando más rubor y respingo dan los besos, ella decía:
—Que nos mira el mar con sus ojos azules—y ponía un gesto como de ser acusada por todas partes, mientras él respondía siempre incrédulo y sin respetar la frase que debía quedar en lo suyo:
—¡Como que le he visto pestañear!